miércoles, 7 de diciembre de 2022

Crónicas De a Metro

El Metro en la CDMX 
Por Diego Martín Gámez


   

El metro, sobre todo la red de la Ciudad de México, es un medio de transporte de esos que se requieren en todo el territorio para mejorar la vida del pueblo, pero que –como casi todo- solo se tiene en el centro del país con tanta suficiencia. 

 

No solo es un gran medio de transporte. El metro es un hervidero de historias humanas y relaciones que impresionan. En una ciudad como la capital del país, el metro es casi transversal a toda actividad humana: familia, trabajo, entretenimiento, cultura, arte, negocios, comercio, lectura, tecnología y hasta relaciones amorosas que pueden durar toda una vida o cuatro estaciones. 

 

Al metro aborda desde un indigente impetuoso, hasta un magnate tardo y hostil. Pueden ocurrir la lectura o el sueño profundos; la demencia total o la cordura insana; la vida o la muerte. 

 

Cada día hay miles de historias por ver y contar en el metro, en cuyos vagones se reparten cada una de ellas como se reparten los géneros: unos atrás, los más en el medio y ellas al frente –en casi todas-. Lo habitan vivos, pero también muertos, dicen. 

 

Crónicas De a Metro es un espacio dedicado a contar de manera breve en cada entrega, algunas de las millones de historias que ocurren en el gran metro de la Ciudad de México, desde el punto de vista de un deslumbrado provinciano al que le parece fascinante descubrir cada día la memoria que guardan vagones, estaciones y personas que viajan en él. 

 

He de decir, desde mi experiencia significativa, que el metro de la CDMX me relaja por momentos y me sofoca en otros. He llegado a quedar fuera de sus vagones mientras parte de mi brazo, mi mano y mi mochila continúan dentro. Me han procurado y me han insultado por nada. He visto surgir el amor y el odio.


Al metro, casi siempre entro y salgo por mi voluntad, pero también me han metido y me ha sacado por voluntad de otros. He recorrido completa y en calma una línea entera, pero también he frenado mi viaje abruptamente ante humo y fuego en sus rieles. Les iré contando metro por metro. 




domingo, 23 de octubre de 2022

Problemas de oficio

Por Diego Martín Gámez 


Hace ya tiempo que Espondencia tiene serios problemas.

-Debes dar solución lo antes posible, le dice preocupada su madre.

Ella se lleva las manos a la cabeza y las pasa como si quisiera que su cabello crespo quedara totalmente lacio. Está tan preocupada con sus problemas de comunicación, que sus dedos surcan la mata como cosechadora en la milpa.

-Debo tomarlo en serio por todos. Tengo que solucionar ahora, se dice a si misma y lo grita a su madre.

Apurada sale de casa con la superiora detrás, y mientras se aleja por la calle grita desesperada:

-Corre Espondencia, corre.

Y las misivas llegaron.



domingo, 9 de febrero de 2020

Palma lama


Por Diego Martín Gámez


Concentraba sus energías en la entrepierna y sus ojos miraban fijamente la ventana. Iba y venía, iba y venía. En el cuarto había un cuadro enorme con un cristo, de esos pintados con la imagen de Dios como si fuera actor de cine, al estilo Mel Gibson. En estos momentos, pensaba, la imagen le resultaba francamente molesta, belicosa, acosadora.

Su palma no buscaba cocos, solo subía y luego bajaba sobre el tallo mientras su mirada intentaba no cruzarse con la mirada del hijo del señor. Esa miraba penetrante y luminosa que en estos momentos le parecía insultante e iracunda, pero singularmente estimulante.

La ventana se desvaneció por instantes y sus ojos tuvieron que cerrar mientras sus músculos descansaban y el venero derramaba la pureza de su espíritu. Vio la luz divina.

Todo a los ojos del hijo del señor.

Al día siguiente, como cada domingo, ofició la misa de las 8.

sábado, 8 de febrero de 2020

Desnudo



Por Diego Martín Gámez



Se convirtió en una sombra sin luz, y eso ya es decir mucho porque aún así se veía en las tinieblas de una habitación ocupada por un hombre que vivía desnudo del alma. Lo observaba cada noche dormir tapado hasta los huecos, pero destapado por dentro.

-"¿Me escuchas?", le decía
-"Apenas", respondía el hombre. "¿Que quieres?"
-"Que te tapes para no sufrir".
-"Estoy totalmente tapado", respondía el hombre apenas consciente.
-"Ese es tu problema, solo te ves por fuera y ellos son una viña de tu claridad", a sombras decía.

Una de tantas noches antes de dormir, éste hombre buscó en la oscuridad la sombra, pero no pudo hallarla. No la vio en la pared, no la pudo ver en el espejo. Prendió una luz tenue, de esas pequeñitas que se conectan directo al toma corriente, para ver si la veía, pero nada, no la encontró. Ya era tarde y decidió dormir.

En esta ocasión nada, ningún hueco de su cuerpo estaba tapado, ninguno.

Había pasado medio siglo.

domingo, 5 de mayo de 2019

Las Ciudades





Por Diego Martín Gámez



Qué pequeñas son las calles, decía Martha mientras veía por la ventana. ¿Si?, preguntaba Pedro. Mira bien, la gente camina con todo ese corazón, uno por cada uno, sin si quiera verse a la cara, salvo para cuidarse del otro. Así son las ciudades: enormes y desoladas.

No te azotes Martha, ¿qué pedo contigo? Vamos juntos, te quiero y pronto estaremos en cama abrazándonos y dándonos cariñito. Me choca cuando te pones filosófica y dices pura burrada. Ya hasta se me está bajando la pasión. Por favor si vas a seguir hablando, deja esas tus cosas tan profundas y mejor cuéntame qué onda con tu tía Lucy. ¿Ya la dejó el marido?

Martha despegó la frente del cristal de la micro, se volteó a ver a Pedro muy fijamente. Le tomó la mano tranquila y le guiñó un ojo en son de paz. Movió los labios de un lado, le soltó la mano a su pareja; su cabeza se volvió al cristal y su mirada a la ciudad. El brazo de él hacía un buen rato la abrazaba. Te decía, susurró, las ciudades son enormes y terriblemente desoladas.

sábado, 4 de mayo de 2019

Dos Noches y Una Muerte

Por Diego Martín Gámez


            No hace mucho que comencé a pensar seriamente que nada de lo que me propongo funciona. Parece que la vida me tiene encerrado en una vorágine de pensamientos negativos. Busco alcohol, tiempo para perder y un montón de amigos tontos que siempre hacen lo mismo durante horas y horas: tomar hasta embrutecerse. Muchos lo hacen así en la ciudad.

            Anoche volví a pelear con mi madre y nuevamente -porque ya lo había dejado- regresé con esos amigos, los mismos con los que siempre pasa lo mismo, a hacer lo de siempre. Parece que todos esperamos la muerte. Pero esta jija no se inclina por ninguno de nosotros. 

            Después de un par de días esperando que nos tocara la despedida fatal entre alcohol de a diez pesos, regreso a casa cansado, con cruda, desvelado, casi muerto y mi madre me ha dejado un recado por el único medio mediante el cual me puede contactar: el mensajero de mi face. "Hijo, ahora que vine a ver a tu tía por aquello del golpe que se dio en la rodilla, tu abuela murió. La dejamos desayunada y cuando regresamos del doctor, estaba muerta en su cama, como dormida".

             Intento reaccionar para ir al velorio. Me cambio y estoy por salir para tomar un taxi. Abro la puerta y mi madre esta parada frente a mi. "Iba a tocar", me dice desencajada. "Ya terminó todo", murmura asertiva con la vista en el piso mientras entra a la casa. Cierro la puerta. El olor a alcohol que emana de mi boca me recuerda crudamente quien soy en este instante.

domingo, 3 de julio de 2016

¿Hablamos por hablar?

Por Diego M. Gámez Espinosa

La frase que nos dicen frecuentemente nuestras madres cuando se molestan por cosas que decimos y que contravienen las reglas en casa: “tu solo hablas por hablar”; es generalmente un error que no resolvemos en lo inmediato, pero que en ocasiones nos creemos.
En realidad nadie que haya nacido con la capacidad de pensar y desarrollar un lenguaje, una lengua y el proceso de fonación, habla por hablar. Todos con esas capacidades pensamos lo que decimos por una razón: los seres humanos podemos darle significado a las cosas.
Ya Platón y Aristóteles, uno naturalista y otro convencionalista, hace siglos se refirieron a una “cosa que representa a otra cosa. Es decir, lo que está en lugar de otra cosa y que hace sus veces”. Un concepto que los humanos usamos a diario, pero que al analizar nos resulta tan complejo: el signo.
Si en un concurso de conceptos, tuvieran que elegir al más complejo e importante, el signo sería el ganador, puesto que gracias a él podemos construir nuestros contextos culturales y entender nuestro entorno humano y hasta natural.
Gracias al estudio que del Signo también han hecho, entre muchos, Humberto Eco, Bertrand Rusell o Ferdinand de Saussure, hoy podemos entender, por ejemplo, por qué una oblea en la feria es una oblea y en la iglesia es “la carne de Cristo”. 
Una comunidad como la católica ha decidido, mediante una convención lingüístico-social, que la oblea represente la carne de Cristo dentro de la Iglesia y en contextos específicos, así el objeto real de la feria o la cocina, toma un nuevo significado dado socialmente por un grupo de personas que han llegado a ese acuerdo: una cosa que representa a otra cosa, igual que la letra, la palabra o incluso el sonido.