miércoles, 15 de mayo de 2024

Crónicas De a Metro

 

Reglas por vagón

Por Diego Martín Gámez



Llevo mucha prisa. La verdad es que salí tarde de la casa y he aprendido que si no tomo el metro a cierta hora, los retrasos comienzan y llegaré tarde al trabajo. Son las 8 16 am y tengo que estar en punto de las nueve en la oficina. Se perfectamente que me toma una hora llegar en metro -a veces menos-. Son varias estaciones y un transbordo en la línea naranja. No llegaré si no me apuro.

Cuando llego al área de vagones hay mucha, mucha gente. Abundan los olores, unos más fuertes que otros y todos sumamente penetrantes. El perfume mañanero se mezcla con el olor a ropa guardada, tenis sudados, axilas mojadas, aires estomacales fugaces. El aire corre poco y el calor abraza fuerte.

Estoy tan apurado que, a pesar de notarlo, no le doy importancia a las filas que la gente hace antes de la raya amarilla y me plantó en un hueco hasta delante. Nadie dice nada y a mis costados hay más hombres que mujeres. Estoy parado para subirme a los vagones centrales. La gente espera y comienza a soplar un airecito. Algunos se preparan y por eso noto que ese airecito indica que el tren ya se acerca -dependiendo de la dirección de la que proviene el aire, puedes saber si se trata del tren de tu lado o del tren que pasa del otro lado-.

Ya viene el tren, se ven sus luces blancas y rojas al frente. Se escuchan sus estructuras y la conductora toca el pito característico de “voy llegando, apártense”. La gente en las filas ahora se amontona como moscas al estiércol. Muchos tienen tanta experiencia que saben perfectamente en donde se abrirá la puerta del vagón en el que van a subir.

Tengo suerte y la puerta del vagón que me toca se para frente a mí y otros que estamos justo ahí. Oigo en mi mente campanas de éxito. Llegaré temprano al trabajo porque a pesar de salir tarde de la casa y de ser hora pico en el metro, podré entrar al vagón. Me siento comprimido, mi mochila está en mi mano derecha entre las piernas del señor que está atrás de mí, pero tomaré el metro a tiempo para llegar a la oficina. Estoy sonriendo. ¡Qué suerte la mía!

El tren se detiene al fin y estoy justo frente a la mitad de las dos puertas que se abren. “Antes de entrar, permita salir” dice justo arriba de la puerta. Me preparo para dejar salir, pero sin perder el lugar que llevo a penas unos tres o cuatro minutos cuidando. La puerta por fin se comienza a abrir y no ha terminado el proceso cuando el tipo a mi lado derecho me taclea con una fuerza brutal. Me pega en el hombro con el suyo y con el golpe me tambalea tanto que salgo del grupo que quiere entrar. Casi me caigo.

El primero que sale del vagón, sin haber entrado, soy yo y ya no tengo posibilidad de entrar. Me quedo fuera como otros más que no han conseguido su ingreso. Aún hago un esfuerzo por entrar. “No voy a llegar si espero al siguiente”, pienso, y me acerco intentando meterme, pero es imposible. El vagón quedó como intestino estreñido de cuatro días.

La conductora intenta cerrar las puertas varias veces luego del pitido que anuncia la retirada, pero las vuelve a abrir de manera intermitente porque hay gente prácticamente en los rieles de la puerta. Los de afuera empujan hacia dentro a los que han quedado en esa posición, hasta que por fin las puertas se cierran con seguridad. El tren entonces comienza a avanzar lentamente y veo ir la última oportunidad de llegar a tiempo al trabajo.

Me sobo el hombro, ahora tendré tiempo de eso y de pensar qué chingados pasó. ¿Por qué me pegaron? Tengo frustración y estoy muy enojado con el culero que me empujó. Ni siquiera tuve tiempo de verlo, de gritarle, de desquitarme. Todo ha pasado muy rápido y quedo humillado, madreado y sin posibilidad de llegar a tiempo.

Son las 8 20. Rápidamente se comienzan a nutrir nuevamente los espacios. La gente comienza a hacer fila atrás de la raya amarilla, más o menos frente a donde creen que quedará la puerta del vagón del próximo tren. ¿Cuánto tiempo tardará el otro? ¿Me dará aún tiempo?, pienso.

Sigo sin notar “la regla”, mi mente provinciana no ha caído en cuenta. Estoy ensimismado con el golpe en el hombro y con el coraje de ni siquiera saber quién fregados me pegó con tanta brutalidad. Un hombre que ha visto todo me saca del torbellino que tengo y me dice con cierto aire de superioridad: fórmese para que no le vuelva a pasar.

Ningún vagón tiene una leyenda con esa información. Ningún policía te lo dice. No hay un documento, como esas leyendas de que el metro está cerrado de tal a tal estación por x motivo al entrar. No, no lo sabes, pero lo aprendes a putazos.

Llegaré tarde al trabajo. Pienso que aquellos que se fueron en el tren anterior, y claramente ese que me empujó, me ven como el viejo gandalla que recibió su merecido. Pero ¿cómo saberlo? ¿Por sentido común? ¿Hay sentido común en el metro? Llevo algunos días en la ciudad. Tengo reservas.

Me vuelvo a sobar el hombro. Me recupero del incidente. Agradezco al tipo de la frase “fórmese para que no le vuelva a pasar” y me formo resignado.

El próximo tren se acerca, ya siento el airecito y no es el de la flor blanca de la Virgen de Guadalupe.

Son las 8 22 am.



miércoles, 7 de diciembre de 2022

Crónicas De a Metro

El Metro en la CDMX 
Por Diego Martín Gámez


   

El metro, sobre todo la red de la Ciudad de México, es un medio de transporte de esos que se requieren en todo el territorio para mejorar la vida del pueblo, pero que –como casi todo- solo se tiene en el centro del país con tanta suficiencia. 

 

No solo es un gran medio de transporte. El metro es un hervidero de historias humanas y relaciones que impresionan. En una ciudad como la capital del país, el metro es casi transversal a toda actividad humana: familia, trabajo, entretenimiento, cultura, arte, negocios, comercio, lectura, tecnología y hasta relaciones amorosas que pueden durar toda una vida o cuatro estaciones. 

 

Al metro aborda desde un indigente impetuoso, hasta un magnate tardo y hostil. Pueden ocurrir la lectura o el sueño profundos; la demencia total o la cordura insana; la vida o la muerte. 

 

Cada día hay miles de historias por ver y contar en el metro, en cuyos vagones se reparten cada una de ellas como se reparten los géneros: unos atrás, los más en el medio y ellas al frente –en casi todas-. Lo habitan vivos, pero también muertos, dicen. 

 

Crónicas De a Metro es un espacio dedicado a contar de manera breve en cada entrega, algunas de las millones de historias que ocurren en el gran metro de la Ciudad de México, desde el punto de vista de un deslumbrado provinciano al que le parece fascinante descubrir cada día la memoria que guardan vagones, estaciones y personas que viajan en él. 

 

He de decir, desde mi experiencia significativa, que el metro de la CDMX me relaja por momentos y me sofoca en otros. He llegado a quedar fuera de sus vagones mientras parte de mi brazo, mi mano y mi mochila continúan dentro. Me han procurado y me han insultado por nada. He visto surgir el amor y el odio.


Al metro, casi siempre entro y salgo por mi voluntad, pero también me han metido y me ha sacado por voluntad de otros. He recorrido completa y en calma una línea entera, pero también he frenado mi viaje abruptamente ante humo y fuego en sus rieles. Les iré contando metro por metro. 




domingo, 23 de octubre de 2022

Problemas de oficio

Por Diego Martín Gámez 


Hace ya tiempo que Espondencia tiene serios problemas.

-Debes dar solución lo antes posible, le dice preocupada su madre.

Ella se lleva las manos a la cabeza y las pasa como si quisiera que su cabello crespo quedara totalmente lacio. Está tan preocupada con sus problemas de comunicación, que sus dedos surcan la mata como cosechadora en la milpa.

-Debo tomarlo en serio por todos. Tengo que solucionar ahora, se dice a si misma y lo grita a su madre.

Apurada sale de casa con la superiora detrás, y mientras se aleja por la calle grita desesperada:

-Corre Espondencia, corre.

Y las misivas llegaron.



domingo, 9 de febrero de 2020

Palma lama


Por Diego Martín Gámez


Concentraba sus energías en la entrepierna y sus ojos miraban fijamente la ventana. Iba y venía, iba y venía. En el cuarto había un cuadro enorme con un cristo, de esos pintados con la imagen de Dios como si fuera actor de cine, al estilo Mel Gibson. En estos momentos, pensaba, la imagen le resultaba francamente molesta, belicosa, acosadora.

Su palma no buscaba cocos, solo subía y luego bajaba sobre el tallo mientras su mirada intentaba no cruzarse con la mirada del hijo del señor. Esa miraba penetrante y luminosa que en estos momentos le parecía insultante e iracunda, pero singularmente estimulante.

La ventana se desvaneció por instantes y sus ojos tuvieron que cerrar mientras sus músculos descansaban y el venero derramaba la pureza de su espíritu. Vio la luz divina.

Todo a los ojos del hijo del señor.

Al día siguiente, como cada domingo, ofició la misa de las 8.

sábado, 8 de febrero de 2020

Desnudo



Por Diego Martín Gámez



Se convirtió en una sombra sin luz, y eso ya es decir mucho porque aún así se veía en las tinieblas de una habitación ocupada por un hombre que vivía desnudo del alma. Lo observaba cada noche dormir tapado hasta los huecos, pero destapado por dentro.

-"¿Me escuchas?", le decía
-"Apenas", respondía el hombre. "¿Que quieres?"
-"Que te tapes para no sufrir".
-"Estoy totalmente tapado", respondía el hombre apenas consciente.
-"Ese es tu problema, solo te ves por fuera y ellos son una viña de tu claridad", a sombras decía.

Una de tantas noches antes de dormir, éste hombre buscó en la oscuridad la sombra, pero no pudo hallarla. No la vio en la pared, no la pudo ver en el espejo. Prendió una luz tenue, de esas pequeñitas que se conectan directo al toma corriente, para ver si la veía, pero nada, no la encontró. Ya era tarde y decidió dormir.

En esta ocasión nada, ningún hueco de su cuerpo estaba tapado, ninguno.

Había pasado medio siglo.

domingo, 5 de mayo de 2019

Las Ciudades





Por Diego Martín Gámez



Qué pequeñas son las calles, decía Martha mientras veía por la ventana. ¿Si?, preguntaba Pedro. Mira bien, la gente camina con todo ese corazón, uno por cada uno, sin si quiera verse a la cara, salvo para cuidarse del otro. Así son las ciudades: enormes y desoladas.

No te azotes Martha, ¿qué pedo contigo? Vamos juntos, te quiero y pronto estaremos en cama abrazándonos y dándonos cariñito. Me choca cuando te pones filosófica y dices pura burrada. Ya hasta se me está bajando la pasión. Por favor si vas a seguir hablando, deja esas tus cosas tan profundas y mejor cuéntame qué onda con tu tía Lucy. ¿Ya la dejó el marido?

Martha despegó la frente del cristal de la micro, se volteó a ver a Pedro muy fijamente. Le tomó la mano tranquila y le guiñó un ojo en son de paz. Movió los labios de un lado, le soltó la mano a su pareja; su cabeza se volvió al cristal y su mirada a la ciudad. El brazo de él hacía un buen rato la abrazaba. Te decía, susurró, las ciudades son enormes y terriblemente desoladas.

sábado, 4 de mayo de 2019

Dos Noches y Una Muerte

Por Diego Martín Gámez


            No hace mucho que comencé a pensar seriamente que nada de lo que me propongo funciona. Parece que la vida me tiene encerrado en una vorágine de pensamientos negativos. Busco alcohol, tiempo para perder y un montón de amigos tontos que siempre hacen lo mismo durante horas y horas: tomar hasta embrutecerse. Muchos lo hacen así en la ciudad.

            Anoche volví a pelear con mi madre y nuevamente -porque ya lo había dejado- regresé con esos amigos, los mismos con los que siempre pasa lo mismo, a hacer lo de siempre. Parece que todos esperamos la muerte. Pero esta jija no se inclina por ninguno de nosotros. 

            Después de un par de días esperando que nos tocara la despedida fatal entre alcohol de a diez pesos, regreso a casa cansado, con cruda, desvelado, casi muerto y mi madre me ha dejado un recado por el único medio mediante el cual me puede contactar: el mensajero de mi face. "Hijo, ahora que vine a ver a tu tía por aquello del golpe que se dio en la rodilla, tu abuela murió. La dejamos desayunada y cuando regresamos del doctor, estaba muerta en su cama, como dormida".

             Intento reaccionar para ir al velorio. Me cambio y estoy por salir para tomar un taxi. Abro la puerta y mi madre esta parada frente a mi. "Iba a tocar", me dice desencajada. "Ya terminó todo", murmura asertiva con la vista en el piso mientras entra a la casa. Cierro la puerta. El olor a alcohol que emana de mi boca me recuerda crudamente quien soy en este instante.