jueves, 14 de noviembre de 2024

Crónicas De a Metro

 

Por un asiento

                                                                                                                        Por Diego Martín Gámez

 

Una mujer de complexión robusta, nalgas prominentes, pelo rizo a media espalda, en tenis blancos, pantalones ajustados y un busto grande en altas, está hablándole fuerte a un soñoliento hombre en sus 70 o 75 años sentado a un lado de la puerta en uno de los vagones centrales del metro en la Ciudad de México. Las personas alrededor, hombres jóvenes y mujeres de varias edades la observan vociferando de forma descontrolada.

Están por dar la 9 am en el trayecto que corre de Pino Suárez a Chapultepec y ya hay un problema mañanero por un asiento en el metro. La mujer está gritando que esos lugares son para las “damas”, pero pasa por alto que el señalamiento también implica a mujeres embarazadas, personas de la tercera edad y personas con alguna capacidad diferente. La persona sentada en el lugar que la mujer pretende ocupar es justamente una que cumple con alguna de esas características.

Casi dormido, el hombre comienza a despertar ante los gritos. Apenas han pasado algunos segundos desde que la mujer está gritando y él se ve sorprendido; comienza a mover la cabeza de lado a lado, desorientado, hasta que se percata que él es el centro de los lamentos. Finalmente centra su mirada en la mujer que no deja de hablar exaltada sobre los motivos que tiene para que le cedan el lugar.

Sana, fuerte, con una voz clara y potente, la mujer incluso comienza a señalar al señor que baja su mirada y nervioso comienza a acomodar sus cosas para levantarse. Lleva consigo dos morralitos con plantas en macetitas de barro que están recargadas en sus piernas. Toma las asas de su bolsita de ixtle y se las pasa por el cuello. Está resignado a ceder el espacio y evitar el griterío desenfrenado que continúa infatigable.

¡No se pare! El hombre busca el origen de ese grito. ¡Usted no tiene por qué pararse, esa mujer está loca!, dice está chava que interviene en defensa del vendedor de plantas. A ella le siguen varias voces, la mayoría de féminas, que se escuchan en favor de él. La que se quiere sentar se nota perturbada por unos segundos, pero más veloz que un piano al caer por una ventana a cinco pisos del suelo, comienza a gritar histérica: ¡no se metan pinches viejas metiches!

El señor confundido se queda sentado. El tema ya ha pasado de ser uno entre él y ella, a uno entre ellas y ella. Todo mundo grita, pero nadie a favor de la señora que se quería sentar. ¡Ya siéntese señora!, grita un tipo con evidente ironía. ¡Pinche vieja loca!, remata. El griterío y las ofensas van y vienen vertiginosas, fáciles y muy ofensivas. La mujer que se quería sentar ya no sabe a quién contestarle, porque son muchas personas las que ahora ya hicieron suyo el pleito por un asiento en el metro.

La mujer que comenzó con los reclamos en Pino Suárez está muy alterada y sigue lanzando vituperios al por mayor, pero de repente otra se le pone de frente y la reta: ¡o te callas o te bajas hija de tu puta madre! La primera gritona le contesta con fuerza y totalmente decidida: ¡bájame si puedes pendeja! Están a punto de los golpes cuando la puerta del metro se abre en Isabel la Católica.

Los chillidos se escuchan por toda la estación y la gente en otros vagones asoman la cabeza para ver qué está pasando. Tres policías se acercan ante la enorme bulla, las leperadas y los gritos: ¡que se baje, que se baje! El metro está detenido. El pleito aún no se termina y ya ha entrado un poli para saber qué está ocurriendo. Se entera de volada. Todo mundo entre gritos le dice lo que está ocurriendo. ¡Mejor bájela, está bien pinche loca la pendeja!, dice eufórico un chavo que ha estado totalmente involucrado en el pleito en los últimos minutos.

El policía intenta hablar con la mujer que comenzó el altercado y le pone la mano en el hombro para indicarle que es mejor que baje. ¡No me toques hijo de tu puta madre!, brama enfurecida y con eso se pone la soga al cuello de inmediato.

¡Que se baje, que se baje, que se baje!, comienza el coro en conocida cadencia. Después de ser insultado el policía ya ha tomado una decisión y la mujer enfurecida lo sabe. Se tendrá que bajar. Ya está resignada y han entrado al vagón dos policías más que le piden que salga del metro.

¡Pinches muertos de hambre! ¡Hijos de la chingada!, sentencia la mujer mientras sale del vagón acompañada de tres policías. La muchedumbre corea con risas y hurras la salida de la señora. Le avisan al conductor que el tema está controlado y se escucha entonces el típico timbre de cierre de puertas en los vagones. El metro está por seguir su recorrido después del zafarrancho. Todavía hay murmullos de la gente: ¡qué vieja tan pinche loca!

El metro reinicia su andar. El hombre sentado en el lugar en disputa se relaja. Acomoda nuevamente sus cosas y voltea a su derecha para decirle bajito a un joven que va sentado junto a él: tanto escándalo por un asiento. El joven lo mira antes de responder y en seguida sentencia: en el metro de la ciudad de México podemos matarnos casi por cualquier cosa.

 

 

 

 

 

 

domingo, 26 de mayo de 2024

Crónicas De a Metro

Reflejos

Por Diego Martín Gámez

 

Una mujer desesperada grita en el metro. Se ha quedado prácticamente sola mientras la gente se mueve a los extremos. Hemos avanzado algunas estaciones y la situación es desesperante. Apenas puedo creer lo que veo.

Hubo partido. Lo se porque regresan varias personas con banderas de colores amarillo y azul. No soy nada proclive al fútbol, pero reconozco las banderas de América y Cruz Azul, porque los medios se han encargado de ponerlas por doquier. Estamos pasando del tren ligero a taxqueña en la línea azul, una de las más concurridas.

Los vagones se acercan y la gente se prepara para subir. El tren viene vacío, de ahí sale a Cuatro Caminos y cruza el centro. Se abren las puertas de los vagones naranja y subimos todos. No han quedado lugares y me quedo parado junto a la puerta porque en pocas estaciones bajaré. Voy en los carros del centro, mujeres y hombres convivimos en ellos, contrario a lo que generalmente pasa con los primeros vagones en los que van solo mujeres y niños.

Hemos avanzado 3 o 4 de las 24 estaciones que tiene esa línea. Yo bajaré en zócalo, así que aún me faltan algunas. Voy viendo por la ventana pasar las estructuras de los túneles y en ocasiones veo luces, pero también puedo ver el reflejo que la ventana hace de los que vamos dentro. Llevo un par de audífonos y escucho piano. Me tranquiliza.

Mi distracción es mayúscula; vengo absorto en mis pensamientos y sigo con la mirada perdida en lo negro de los túneles. De cuando en cuando veo gente bajar y subir mientras pasamos por una estación. Seguimos recorriendo estaciones. Mis ojos siguen sobre la ventana cuando el reflejo me saca de mi ensimismamiento. Veo en el reflejo que gente ha comenzado a retraerse y pese a que aún falta para llegar a la siguiente estación, se aglomeran por el área en la que me encuentro. Me quito los audífonos. Una mujer grita desesperada.

Ahora estoy totalmente concentrado en los sonidos y busco saber qué está pasando. Pese a la multitud ahí aglomerada, puedo ver claramente que un espacio grande del vagón se ha quedado vacío. Siguen los gritos perturbadores de la mujer, pero no la veo. El murmullo de la gente pasó de eso a un griterío leve, muy sonoro, pero no tanto como los gritos de ella.

“Eres una imbécil, una pendeja. Deberías morirte, es lo único que mereces poca cosa” Hay momentos en los que no se entiende lo que dice, pero grita de una manera desgarradora. He logrado moverme y por fin veo a la mujer de la cual salen vituperios y palabras altisonantes. Se ha quedado sentada sola de frente, a los lados, y su mirada está clavada en la ventana. ¿A quien le grita? Lo que hay fuera es el túnel, pienso.

Estoy muy confundido, pero luego de unos segundos finalmente entiendo lo que está pasando, porque lo único que la mujer puede ver en la ventana es su reflejo. Le está gritando a su reflejo, se está gritando a si misma y lo hace con coraje, con odio y desesperación: “no puedo creer que seas tan pendeja, maldita”. No ha insultado a nadie más, solo grita desesperada a su reflejo, pero la gente tiene miedo, al menos la mayoría.

Algunos ríen y no entiendo por qué lo hacen. Está loca, dicen, y puede ser peligrosa. La mujer entre gritos ahora le pega a su reflejo con la frente repetidas veces. ¿Qué debe estar pasándole a esta mujer para actuar así? ¿Qué les hacen las ciudades como éstas a las personas?

Los gritos siguen, las puertas se abren en la estación en la que bajo y al cruzar la puerta veo entrar a un policía que han llamado algunas de las personas que bajaron antes que yo. Me quedo parado frente a la ventana en la que la mujer sigue gritando a su reflejo y ahora puedo ver completamente su cara, su aspecto desesperado y sus ojos perdidos.

Es una mujer de mediana edad, unos 45 años, con el pelo quebrado, negro, hasta los hombros. Va maquillada, pero no mucho, aunque el rubor es de un rojo intenso. Puedo verle los dientes, blancos y grandes, porque sigue gritando. Incluso veo su lengua y por su puesto su nariz, cuyas fosas nasales están abiertas, enormes. Está llorando, hay surcos de agua con sal sobre el maquillaje de los pómulos. Me parece un episodio lóbrego.

Las puertas del vagón se cierran y el tren inicia su marcha. Aún alcanzó a ver al policía acercarse a la mujer y comenzar a hablar con ella, pero actúa como si no lo escuchara. Sigue gritando. Él la toma del hombro. Ella le da un manotazo si dejar de gritar a la ventana. Ya no alcanzó a ver más; el tren se va y me quedo parado viéndolo alejarse. Alguna vez he hablado con mi reflejo en el espejo, pienso. Es domingo en el metro.

 

 

 

 

 

 

 

miércoles, 15 de mayo de 2024

Crónicas De a Metro

 

Reglas por vagón

Por Diego Martín Gámez



Llevo mucha prisa. La verdad es que salí tarde de la casa y he aprendido que si no tomo el metro a cierta hora, los retrasos comienzan y llegaré tarde al trabajo. Son las 8 16 am y tengo que estar en punto de las nueve en la oficina. Se perfectamente que me toma una hora llegar en metro -a veces menos-. Son varias estaciones y un transbordo en la línea naranja. No llegaré si no me apuro.

Cuando llego al área de vagones hay mucha, mucha gente. Abundan los olores, unos más fuertes que otros y todos sumamente penetrantes. El perfume mañanero se mezcla con el olor a ropa guardada, tenis sudados, axilas mojadas, aires estomacales fugaces. El aire corre poco y el calor abraza fuerte.

Estoy tan apurado que, a pesar de notarlo, no le doy importancia a las filas que la gente hace antes de la raya amarilla y me plantó en un hueco hasta delante. Nadie dice nada y a mis costados hay más hombres que mujeres. Estoy parado para subirme a los vagones centrales. La gente espera y comienza a soplar un airecito. Algunos se preparan y por eso noto que ese airecito indica que el tren ya se acerca -dependiendo de la dirección de la que proviene el aire, puedes saber si se trata del tren de tu lado o del tren que pasa del otro lado-.

Ya viene el tren, se ven sus luces blancas y rojas al frente. Se escuchan sus estructuras y la conductora toca el pito característico de “voy llegando, apártense”. La gente en las filas ahora se amontona como moscas al estiércol. Muchos tienen tanta experiencia que saben perfectamente en donde se abrirá la puerta del vagón en el que van a subir.

Tengo suerte y la puerta del vagón que me toca se para frente a mí y otros que estamos justo ahí. Oigo en mi mente campanas de éxito. Llegaré temprano al trabajo porque a pesar de salir tarde de la casa y de ser hora pico en el metro, podré entrar al vagón. Me siento comprimido, mi mochila está en mi mano derecha entre las piernas del señor que está atrás de mí, pero tomaré el metro a tiempo para llegar a la oficina. Estoy sonriendo. ¡Qué suerte la mía!

El tren se detiene al fin y estoy justo frente a la mitad de las dos puertas que se abren. “Antes de entrar, permita salir” dice justo arriba de la puerta. Me preparo para dejar salir, pero sin perder el lugar que llevo a penas unos tres o cuatro minutos cuidando. La puerta por fin se comienza a abrir y no ha terminado el proceso cuando el tipo a mi lado derecho me taclea con una fuerza brutal. Me pega en el hombro con el suyo y con el golpe me tambalea tanto que salgo del grupo que quiere entrar. Casi me caigo.

El primero que sale del vagón, sin haber entrado, soy yo y ya no tengo posibilidad de entrar. Me quedo fuera como otros más que no han conseguido su ingreso. Aún hago un esfuerzo por entrar. “No voy a llegar si espero al siguiente”, pienso, y me acerco intentando meterme, pero es imposible. El vagón quedó como intestino estreñido de cuatro días.

La conductora intenta cerrar las puertas varias veces luego del pitido que anuncia la retirada, pero las vuelve a abrir de manera intermitente porque hay gente prácticamente en los rieles de la puerta. Los de afuera empujan hacia dentro a los que han quedado en esa posición, hasta que por fin las puertas se cierran con seguridad. El tren entonces comienza a avanzar lentamente y veo ir la última oportunidad de llegar a tiempo al trabajo.

Me sobo el hombro, ahora tendré tiempo de eso y de pensar qué chingados pasó. ¿Por qué me pegaron? Tengo frustración y estoy muy enojado con el culero que me empujó. Ni siquiera tuve tiempo de verlo, de gritarle, de desquitarme. Todo ha pasado muy rápido y quedo humillado, madreado y sin posibilidad de llegar a tiempo.

Son las 8 20. Rápidamente se comienzan a nutrir nuevamente los espacios. La gente comienza a hacer fila atrás de la raya amarilla, más o menos frente a donde creen que quedará la puerta del vagón del próximo tren. ¿Cuánto tiempo tardará el otro? ¿Me dará aún tiempo?, pienso.

Sigo sin notar “la regla”, mi mente provinciana no ha caído en cuenta. Estoy ensimismado con el golpe en el hombro y con el coraje de ni siquiera saber quién fregados me pegó con tanta brutalidad. Un hombre que ha visto todo me saca del torbellino que tengo y me dice con cierto aire de superioridad: fórmese para que no le vuelva a pasar.

Ningún vagón tiene una leyenda con esa información. Ningún policía te lo dice. No hay un documento, como esas leyendas de que el metro está cerrado de tal a tal estación por x motivo al entrar. No, no lo sabes, pero lo aprendes a putazos.

Llegaré tarde al trabajo. Pienso que aquellos que se fueron en el tren anterior, y claramente ese que me empujó, me ven como el viejo gandalla que recibió su merecido. Pero ¿cómo saberlo? ¿Por sentido común? ¿Hay sentido común en el metro? Llevo algunos días en la ciudad. Tengo reservas.

Me vuelvo a sobar el hombro. Me recupero del incidente. Agradezco al tipo de la frase “fórmese para que no le vuelva a pasar” y me formo resignado.

El próximo tren se acerca, ya siento el airecito y no es el de la flor blanca de la Virgen de Guadalupe.

Son las 8 22 am.



miércoles, 7 de diciembre de 2022

Crónicas De a Metro

El Metro en la CDMX 
Por Diego Martín Gámez


   

El metro, sobre todo la red de la Ciudad de México, es un medio de transporte de esos que se requieren en todo el territorio para mejorar la vida del pueblo, pero que –como casi todo- solo se tiene en el centro del país con tanta suficiencia. 

 

No solo es un gran medio de transporte. El metro es un hervidero de historias humanas y relaciones que impresionan. En una ciudad como la capital del país, el metro es casi transversal a toda actividad humana: familia, trabajo, entretenimiento, cultura, arte, negocios, comercio, lectura, tecnología y hasta relaciones amorosas que pueden durar toda una vida o cuatro estaciones. 

 

Al metro aborda desde un indigente impetuoso, hasta un magnate tardo y hostil. Pueden ocurrir la lectura o el sueño profundos; la demencia total o la cordura insana; la vida o la muerte. 

 

Cada día hay miles de historias por ver y contar en el metro, en cuyos vagones se reparten cada una de ellas como se reparten los géneros: unos atrás, los más en el medio y ellas al frente –en casi todas-. Lo habitan vivos, pero también muertos, dicen. 

 

Crónicas De a Metro es un espacio dedicado a contar de manera breve en cada entrega, algunas de las millones de historias que ocurren en el gran metro de la Ciudad de México, desde el punto de vista de un deslumbrado provinciano al que le parece fascinante descubrir cada día la memoria que guardan vagones, estaciones y personas que viajan en él. 

 

He de decir, desde mi experiencia significativa, que el metro de la CDMX me relaja por momentos y me sofoca en otros. He llegado a quedar fuera de sus vagones mientras parte de mi brazo, mi mano y mi mochila continúan dentro. Me han procurado y me han insultado por nada. He visto surgir el amor y el odio.


Al metro, casi siempre entro y salgo por mi voluntad, pero también me han metido y me ha sacado por voluntad de otros. He recorrido completa y en calma una línea entera, pero también he frenado mi viaje abruptamente ante humo y fuego en sus rieles. Les iré contando metro por metro. 




domingo, 23 de octubre de 2022

Problemas de oficio

Por Diego Martín Gámez 


Hace ya tiempo que Espondencia tiene serios problemas.

-Debes dar solución lo antes posible, le dice preocupada su madre.

Ella se lleva las manos a la cabeza y las pasa como si quisiera que su cabello crespo quedara totalmente lacio. Está tan preocupada con sus problemas de comunicación, que sus dedos surcan la mata como cosechadora en la milpa.

-Debo tomarlo en serio por todos. Tengo que solucionar ahora, se dice a si misma y lo grita a su madre.

Apurada sale de casa con la superiora detrás, y mientras se aleja por la calle grita desesperada:

-Corre Espondencia, corre.

Y las misivas llegaron.



domingo, 9 de febrero de 2020

Palma lama


Por Diego Martín Gámez


Concentraba sus energías en la entrepierna y sus ojos miraban fijamente la ventana. Iba y venía, iba y venía. En el cuarto había un cuadro enorme con un cristo, de esos pintados con la imagen de Dios como si fuera actor de cine, al estilo Mel Gibson. En estos momentos, pensaba, la imagen le resultaba francamente molesta, belicosa, acosadora.

Su palma no buscaba cocos, solo subía y luego bajaba sobre el tallo mientras su mirada intentaba no cruzarse con la mirada del hijo del señor. Esa miraba penetrante y luminosa que en estos momentos le parecía insultante e iracunda, pero singularmente estimulante.

La ventana se desvaneció por instantes y sus ojos tuvieron que cerrar mientras sus músculos descansaban y el venero derramaba la pureza de su espíritu. Vio la luz divina.

Todo a los ojos del hijo del señor.

Al día siguiente, como cada domingo, ofició la misa de las 8.

sábado, 8 de febrero de 2020

Desnudo



Por Diego Martín Gámez



Se convirtió en una sombra sin luz, y eso ya es decir mucho porque aún así se veía en las tinieblas de una habitación ocupada por un hombre que vivía desnudo del alma. Lo observaba cada noche dormir tapado hasta los huecos, pero destapado por dentro.

-"¿Me escuchas?", le decía
-"Apenas", respondía el hombre. "¿Que quieres?"
-"Que te tapes para no sufrir".
-"Estoy totalmente tapado", respondía el hombre apenas consciente.
-"Ese es tu problema, solo te ves por fuera y ellos son una viña de tu claridad", a sombras decía.

Una de tantas noches antes de dormir, éste hombre buscó en la oscuridad la sombra, pero no pudo hallarla. No la vio en la pared, no la pudo ver en el espejo. Prendió una luz tenue, de esas pequeñitas que se conectan directo al toma corriente, para ver si la veía, pero nada, no la encontró. Ya era tarde y decidió dormir.

En esta ocasión nada, ningún hueco de su cuerpo estaba tapado, ninguno.

Había pasado medio siglo.

domingo, 5 de mayo de 2019

Las Ciudades





Por Diego Martín Gámez



Qué pequeñas son las calles, decía Martha mientras veía por la ventana. ¿Si?, preguntaba Pedro. Mira bien, la gente camina con todo ese corazón, uno por cada uno, sin si quiera verse a la cara, salvo para cuidarse del otro. Así son las ciudades: enormes y desoladas.

No te azotes Martha, ¿qué pedo contigo? Vamos juntos, te quiero y pronto estaremos en cama abrazándonos y dándonos cariñito. Me choca cuando te pones filosófica y dices pura burrada. Ya hasta se me está bajando la pasión. Por favor si vas a seguir hablando, deja esas tus cosas tan profundas y mejor cuéntame qué onda con tu tía Lucy. ¿Ya la dejó el marido?

Martha despegó la frente del cristal de la micro, se volteó a ver a Pedro muy fijamente. Le tomó la mano tranquila y le guiñó un ojo en son de paz. Movió los labios de un lado, le soltó la mano a su pareja; su cabeza se volvió al cristal y su mirada a la ciudad. El brazo de él hacía un buen rato la abrazaba. Te decía, susurró, las ciudades son enormes y terriblemente desoladas.

sábado, 4 de mayo de 2019

Dos Noches y Una Muerte

Por Diego Martín Gámez


            No hace mucho que comencé a pensar seriamente que nada de lo que me propongo funciona. Parece que la vida me tiene encerrado en una vorágine de pensamientos negativos. Busco alcohol, tiempo para perder y un montón de amigos tontos que siempre hacen lo mismo durante horas y horas: tomar hasta embrutecerse. Muchos lo hacen así en la ciudad.

            Anoche volví a pelear con mi madre y nuevamente -porque ya lo había dejado- regresé con esos amigos, los mismos con los que siempre pasa lo mismo, a hacer lo de siempre. Parece que todos esperamos la muerte. Pero esta jija no se inclina por ninguno de nosotros. 

            Después de un par de días esperando que nos tocara la despedida fatal entre alcohol de a diez pesos, regreso a casa cansado, con cruda, desvelado, casi muerto y mi madre me ha dejado un recado por el único medio mediante el cual me puede contactar: el mensajero de mi face. "Hijo, ahora que vine a ver a tu tía por aquello del golpe que se dio en la rodilla, tu abuela murió. La dejamos desayunada y cuando regresamos del doctor, estaba muerta en su cama, como dormida".

             Intento reaccionar para ir al velorio. Me cambio y estoy por salir para tomar un taxi. Abro la puerta y mi madre esta parada frente a mi. "Iba a tocar", me dice desencajada. "Ya terminó todo", murmura asertiva con la vista en el piso mientras entra a la casa. Cierro la puerta. El olor a alcohol que emana de mi boca me recuerda crudamente quien soy en este instante.

domingo, 3 de julio de 2016

¿Hablamos por hablar?

Por Diego M. Gámez Espinosa

La frase que nos dicen frecuentemente nuestras madres cuando se molestan por cosas que decimos y que contravienen las reglas en casa: “tu solo hablas por hablar”; es generalmente un error que no resolvemos en lo inmediato, pero que en ocasiones nos creemos.
En realidad nadie que haya nacido con la capacidad de pensar y desarrollar un lenguaje, una lengua y el proceso de fonación, habla por hablar. Todos con esas capacidades pensamos lo que decimos por una razón: los seres humanos podemos darle significado a las cosas.
Ya Platón y Aristóteles, uno naturalista y otro convencionalista, hace siglos se refirieron a una “cosa que representa a otra cosa. Es decir, lo que está en lugar de otra cosa y que hace sus veces”. Un concepto que los humanos usamos a diario, pero que al analizar nos resulta tan complejo: el signo.
Si en un concurso de conceptos, tuvieran que elegir al más complejo e importante, el signo sería el ganador, puesto que gracias a él podemos construir nuestros contextos culturales y entender nuestro entorno humano y hasta natural.
Gracias al estudio que del Signo también han hecho, entre muchos, Humberto Eco, Bertrand Rusell o Ferdinand de Saussure, hoy podemos entender, por ejemplo, por qué una oblea en la feria es una oblea y en la iglesia es “la carne de Cristo”. 
Una comunidad como la católica ha decidido, mediante una convención lingüístico-social, que la oblea represente la carne de Cristo dentro de la Iglesia y en contextos específicos, así el objeto real de la feria o la cocina, toma un nuevo significado dado socialmente por un grupo de personas que han llegado a ese acuerdo: una cosa que representa a otra cosa, igual que la letra, la palabra o incluso el sonido.

domingo, 29 de noviembre de 2015

"No manches"

Por Diego M. Gámez Espinosa
Hoy utilizada como una expresión de sorpresa y admiración, que puede ir desde una pregunta como “¿en serio?” hasta una afirmación como “que mal está esto”, la frase ha sido registrada por algunos como una forma no vulgar de la expresión, también muy mexicana, “no mames”. Aunque su cercanía en significado hoy es absolutamente real, y en algunos casos se utilizan como sinónimos, mi percepción, luego de investigar un poco, es que ambas provienen de distintos momentos y de distintos contextos, y que por su cercanía fonética y estructura gramatical, además de estar ambas relacionadas con un hecho negativo, se convirtieron en frases cercanas, hoy frases hermanas, que por cierto a los extranjeros que aprenden nuestro idioma, les cuesta mucho entender.
Sin tener aún una investigación profunda, parece ser que la frase “no mames” es consecuencia de economía lingüística derivada de la frase “no seas mamón”, que aparentemente surgió hacia finales de los 70 para referirse a alguien que actuaba como infante, pese a ser un adulto. Es decir, “ya pasaste de tu época de lactante, ya no seas infantil: no seas mamón”, por una parte, y por la otra y para hacerla más ofensiva, su acepción más vulgar: “si vas a decir o a hacer tonterías, mejor hazme sexo oral”, por aquello de que en la felación también se succiona.
Sin embargo nuestro asunto no es esa frase, directamente, aunque tuve que referirme a ella por su hermandad semiótica hoy en día con “no maches”. Ésta es la que nos ocupa.
¡No manches! ¿De dónde proviene la frase “no manches”? Tengo una teoría luego de investigar un poco, decía, y recordar el léxico del centro del país hace 30 años. No me lo van a creer, pero parece que el responsable de ésta frase es: Álvaro Carrillo. Si, el compositor mexicano nacido en Oaxaca en 1919. Esa teoría la comencé a esgrimir desde 1994, año en el que comenzaba a estudiar semiología y que conocí un disco en el que se reunía parte de la obra más importante de éste internacional cancionero mexicano.
Resulta que a Carrillo le grabaron su primer tema en 1956 y que se hizo muy famoso solo un año después con la muy romántica “Amor Mío”, que le cantara Lucho Gatica. Entre 1957 y 1965 le grabaron sus más famosas canciones y entre ellas “Eso”, que tiene en María Victoria a su principal interprete, aunque no fue la única que la grabó.
Antes de continuar, déjeme decirle que “no manches”, según su servilleta, y por la teoría que formulo, es una contracción de una frase muy común en las décadas de los 70 y 80 en el centro del país, cuyo significado era, básicamente, “no hagas eso que es malo”, “no me trates así”, “no te involucres en eso”; estamos hablando de la famosa frase de los chavos de esa época “no manches tu vida”.
Bueno, pero ¿hasta ahora qué tiene que ver Alvaro Carrillo con eso? Pos Eso. Los que conocen la letra de la canción antes comentada, ya saben para donde voy, porque seguramente recuerdan que el estribillo de esa melodía dice: “Si ya no me quieres, al menos no mientas, ni manches tu vida”. No me crean, porque cuando se habla de procesos semióticos, cada uno tiene sus propios signos, pero con la complicidad del pujidito de María Victoria, así como la penetración social de la Radio y la Televisión en esa época, Alvaro Carrillo podría ser el origen del proceso semiótico-social de la frase “no manches”, aunque no de todos sus actuales significados. Ya saben, la lengua es un ser vivo que se recrea en boca de sus usuarios. 

miércoles, 21 de octubre de 2015

Tras varios martes después


Por Diego Martín Gámez

-Por fin entendí todo. Creo que encontré las respuestas-, dijo ese martes muy animado por la mañana Terry frente al espejo. -Días y días pensando cómo asumirlo y por fin encontré que la vida siempre tiene respuestas, y hoy las tengo- se dijo viéndose al espejo, feliz, entrado en su adolescencia madura. -Pero jamás lo entendí cabalmente-, se dijo en este momento frente al mismo reflejo, pero no frente a la misma imagen. -El problema no son las respuesta, sino las preguntas- se dijo dos mil 860 martes después.

domingo, 11 de octubre de 2015

Dos pasos


Por Diego Martín Gámez

-Ven, anda, ven mas cerquita- me dijo esa galanota, como dicen los fraylescanos. A mis casi 60 tengo mucha suerte de tenerla conmigo. Joven, grandota, buena cocinera y muy, muy hidrocálida. -Ya pues, arrímate peloncito, estás a dos pasos de mi- me insistió la mujerona. Dí los dos pasos para atrás y sigo vivo.

sábado, 10 de octubre de 2015

Acepté


Por Diego Martín Gámez


Casi 26 años después, Marco Antonio y Ramiro, dos mexicanísimos amigos, se reencuentran en una reunión de su generación escolar universitaria.

-¿Qué te pasó?- preguntó Ramiro con enorme sorpresa y desencanto.-Te ves muy jodido- asentó.-Hace unos 15 años-, dijo Marco Antonio languido, blando, -uno de los políticos más importantes de México me ofreció trabajo-. Con la mirada extraviada, se llevó una mano a la frente e hizo una pausa un tanto prolongada.

-Le dije que si-.

Paz, pas, paz


Por Diego Martín Gámez


De mañana, en un país lejano, varios caminaban en blanco, juntos en busca de Paz, y encontraron pas, pas, pas, pas...algunos quedaron en blanco dormidos y en paz.

sábado, 13 de febrero de 2010

La razón de la locura



Por: Diego M. Gámez Espinosa


“Pero ¿matar por amor?, eso si que no es amor”, dice convencida María Elena cuando se le cuestiona sobre la “patología” a la que llamamos amor, o más bien sobre el “sentimiento” al que llamamos locura.
“No me confundas”, dice riendo la chica de 18 años nacida en Chiapas. “Si me he vuelto loca por amor, creo. O más bien, me he enamorado loca de remate”, no obstante nunca ha sido bien correspondida.
Es una franja muy delgada la que hace la diferencia entre el amor y la obsesión, es ahí cuando la locura llega, pero aún no se sabe si por amor, por desprecio, por capricho, por rencor, por venganza o por odio, dice el Psicólogo Jesús Olguín, egresado de la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla (BUAP).
“La verdad pienso que los celos son la mejor muestra del amor, es ahí cuando te das cuenta que alguien te ama, cuando te cela, cuando se pelean por ti, cuando te impiden mirar a otro porque solo quieren tu atención”, asegura –y además convencida, en serio pues- Olga Fuentes sentada en una banca verde mientras observa a las amorosas parejas de adultos bailar danzón al ritmo de la marimba.
¿Y si será que en realidad los celos son una muestra genuina de amor?
“Es una pregunta realmente difícil de responder”, considera Olguín. “En serio si es difícil contestar una pregunta así, porque hasta yo mismo he sido celoso, en menor o en mayor grado –no importa-; tanto que a pesar de ser terapeuta no me atrevería a dar una respuesta afirmativa o negativa”.
Cliché o no, decir que el amor y la locura son dos condiciones humanas muy cercanas es una realidad que incluso los expertos en las ciencias de la mente aceptan como tal.
Nos enamoramos, enloquecemos, nos obsesionamos, vengamos, despreciamos, guardamos rencor, odiamos por momentos, maquilamos estrategias, seducimos, chantajeamos y propiciamos en el otro, en la otra, en los otros (cuando son más de uno –a-) todo lo que sea necesario para retenerlo, aunque sea unos segundos más.
“Es que en la guerra y en el amor todo se vale”, dice Marco Antonio, un chico gay que “siempre” –dice- consigue al tipo que le gusta sin importar “que tenga pareja o no. Aquí se trata de ser feliz, de que uno sea feliz”, afirma.
Pues si, parece que si, asienta Jesús Olguín, cuando hacemos el amor, hacemos la guerra. Desde esa perspectiva el amor parecería una patología y la locura un sentimiento irremediablemente noble.
Las historias cotidianas del amor se pueden contar desde la locura de dejar todo por la pareja, hasta matarla. ¿Y eso justifica al Amor o a la Locura?
“Bueno -ríe Olguín- eso depende de la perspectiva en que lo veas. A la locura la justifican las leyes, al amor lo justifica la sociedad”.
Si, así es, tal parece que hemos aprendido a amar como la sociedad nos lo ha propuesto. Hemos aceptado la propuesta y hoy amar con locura no es un defecto, sino una virtud. Una virtud que también cuesta vida, la propia, la de la pareja, la del padre, la de la madre, la del hijo o la del odiado, vengado o aniquilado amor para el que dedicamos nuestra existencia (sic).
“Pues mire señor, hemos pasado tanto tiempo juntos que no puedo estar sin mi esposo. Cuando no llega a dormir, no puedo dormir. A nosotros nos enseñaron a respetar a nuestro esposo, somos de otra generación”. ¿Pero lo ama?, le preguntó a doña Carmen: “pos si no lo sabía cuando me case, menos ahora, después de 35 años de matrimonio. Pero lo importante son los hijos”, baja la mirada y se hecha su carcajada.
¿Que cosas no?, incluso el que escribe tiene que reflexionar al respecto cuando entre éstas entrevistas se ve atrapado en su propia definición del amor, en buscar un concepto para la locura y en saber si durante su vida ha amado, se ha obsesionado o ha enloquecido por alguien.
“Yo tuve una esposa que al cabo de un tiempo me di cuenta que no amaba. Se lo dije, le pedía que se marchara, la insulté, la dejé sola durante días y al final siempre estaba en la casa, esperándome con la comida, con la casa hecha, con la ropa lavada”. Y no la dejó, no la ha dejado y parece que no la dejará, según puedo entender de éste joven esposo llamado Miguel Adrián.
Cuenta éste curioso personaje que Lucía es una mujer de nobles sentimientos. “El tipo de mujer que todo hombre espera”: seria, responsable, guapa, servicial. “Cada que le pido que se valla, llora esquizofrénicamente y a veces pienso que debe ser por el origen que tiene y por la vida que ahora nos damos, pero ella dice que no se trata de lo material, dice que me ama y creo que si, porque me cela mucho”, asegura.
Si Lucía es algo así como la mujer perfecta, entonces ¿por qué Miguel no la puede amar?, según el mismo declaró. “Es una mujer sin aspiraciones, que solo se dedica a tener bien la casa”. Que ironía, fue eso mismo lo que el propio Miguel Adrián exaltó de su mujer.
“No sé quien está mas loco, o quien está más “enamorado”, dice nuestro psicólogo. “Ella por mostrar esa terrible obsesión o él por conservarla en su casa solo porque le hace la vida más llevadera”.
Pero entonces ¿están locos o enamorados?, pregunto. “Quizá estén locos y enamorados, pero seguramente una de esas condiciones pesa más que la otra. Es seguro que esa es una relación más patológica, que vista desde la opinión social actual es entonces “genuino” amor”.
“No importa lo que hagas, no importa lo que leas, cuanto leas, cuan inteligente seas. Eso no importa, en algún momento de la vida enloquecerás por amor o amarás con locura”, dice Virgina, estudiante del sexto semestre de la Licenciatura en Letras Hispánicas por la UNAM, chiapaneca radicada en el D.F.
Romántica, escritora, enamorada de las locuras sin razón, Virginia cree fervientemente que amar sin un poco de locura, no es amar y que no existe un loco que no ame a alguien o a algo.
“Son los locos, según nos cuenta la historia, los que por amar a su patria, sus convicciones, sus ideas, sus sueños, al ser querido, han quedado en la memoria de la humanidad”, pero irónicamente son muchos de ellos los socialmente señalados como locos. ¡ Que razón tiene la locura ¡
Habrá que gastar mucho más papel, muchos más teclazos en la computadora, muchas más entrevistas y aún así no llegaremos al fondo de éste tan trillado, pero profundo e interesante conflicto de salud pública psicosocial.
Quizá debamos atender por ahora las palabras de nuestro psicólogo, que para terminar la entrevista considera que en la locura, si es que existe algo de razón –como decía Nietzsché-, esa debe ser solamente el amor.

El amigo Jaime



Por: Diego M. Gámez Espinosa

Nunca le tuvo miedo a las palabras fuertes, porque él mismo decía que el insulto no se encontraba en la palabra en si, sino en la interpretación que le daba cada persona a esas palabras. Él mismo incluso llamo “idiotas” a Fernando Salmerón y Rosario Castellanos cuando, después de leer Tarumba, ninguno supo que decirle, cuenta el amigo Jaime a Mónica Plasencia, una de sus últimas y más cercanas amigas y conversadoras.
Jaime Sabines tuvo amigos con los que más que hablar de poesía y literatura, temas con los que incluso no comulgaba mucho, hablaba del la vida, de la importancia de vivir: “de cualquier modo, pero vivir. Esa es la conclusión”, le dijo en alguna de las muchas conversaciones a Plasencia en la última etapa de su vida; y quizá por ello hablaba así, porque se encontraba maltrecho luego de un accidente que lo sometió a 35 operaciones y a, muy a su pesar, dejar de escribir.
Sin embargo, Sabines descubrió en ésta época a uno de sus mejores amigos; un hombre con el que convivió diariamente y al que amo, respetó y admiró profundamente: Jorge, Jorgito, como él llamaba a su hermano; uno hombre al cual no le pudo dar su último cigarro antes de morir violentamente y al que después de cuatro años de muerto seguía llamado por teléfono, aunque se quedará con el auricular en la mano: “Jorge ya murió”, decía, “Pero en muchos sentidos Jorge no se ha muerto. Es decir, no he enterrado totalmente a Jorge”.
Jaime tuvo entrañables amistades, algunas de las cuales vio morir mucho antes de que a él le tocara esa condición, a la que por cierto nunca tuvo miedo, pero tampoco llamaba, decía: “y ahí está la muerte, desde luego, ahí está, espérame, que más tarde voy, pero ahorita hay que vivir”.
Dolores Castro, Emilio Carballido, Sergio Magaña, Sergio Galindo, Juan Rulfo, Efrén Hernández, Juan José Arreola, Fernando Salmerón y Rosario Castellanos, Enoch Cansino y Oscar Bonifaz, entre los más cercanos, compartieron con Jaime la vida, las angustias, la muerte, el tiempo, las noches, el dolor, el gozo, las palabras, la poesía.
Cuenta Mónica Plasencia en su libro “Habla Jaime Sabines” que el poeta era siempre cordial, distendido y ameno en sus pláticas, con ella especialmente, y se aprecia en las íntimas charlas en las que habla de la muerte, el dolor, los amigos, el amor, sus padres, hermanos, el tiempo y la literatura.
Entre sus amigos, Jaime recuerda mucho a Chayito, a Rosario, con la que más que hablar de literatura, hablaba de la vida: “no ayudábamos mucho, más en el terreno humano que en el literario. Me contaba de sus desastres amorosos, las consecuencias de su terrible mala suerte. Ella pagó muy caro dedicarse a la literatura, era francamente rechazada”. Por esa razón Sabines reía cuando después de la muerte de Rosario Castellanos veía en Chiapas Centros Culturales, calles o parques con su nombre.
No obstante su amistad, si le pareció estúpido que ni Chayito, ni Fernando comprendieran en un primer momento Tarumba y se los hizo saber clara y llanamente. ¿Cómo era posible que no lograran entenderla? Sin embargo Sabines venía de una situación desesperada, el trabajo fue el fruto de su frustración, del coraje de sentirse humillado al dedicarse durante un tiempo, mas por necesidad que por otra cosa, a vender telas a los 27 años, luego de llegar a vivir a Chiapas y siendo ya reconocido como una joven promesa de la poesía mexicana.
Por suerte, comenta el propio Jaime, Pedro Garfias, también su amigo, tenía otra, quiero decir, una opinión de Tarumba, porque en realidad a los demás los desconcertó: “Es el primer gran poema que ha escrito. El primer gran poema. Creo que usted ha escrito muchos que son mas hermosos, pero éste es uno solo”, asegura Sabines le dijo éste viejo al que estimó desde el primer momento. “Era un viejo adorable”, decía.
Jaime Sabines cultivó la palabra, rechazó el dolor físico, amor profundamente a las mujeres, filosofó con la poesía, adoró a Jorge, lamentó la agonía de sus padres, habló con sus amigos y platicó, platicó y platicó de la necesidad de vivir, de la voluntad de vivir y hacer esperar lo más posible, todo lo que se pudiera, con cigarro en mano, con un traguito de tequila y un bastón, a la muerte.